El 23 de agosto de 1812 Manuel Belgrano ordenó a la población de San Salvador de Jujuy abandonar la ciudad, dejando “tierra arrasada” al enemigo Realista, que avanzaba en gran número desde el Alto Perú. Un «retroceso» que supuso una victoria posterior, clave para la lucha emancipatoria.
A veces la mejor victoria no es una batalla sino una decisión estratégica. Esta suerte de máxima bélica es aplicable al Éxodo Jujeño, ocurrido el 23 de agosto de 1812, cuando a instancias de Manuel Belgrano la población abandonó esa ciudad, dejando “tierra arrasada” al enemigo Realista, que avanzaba en gran número desde el Alto Perú.
Se trató de una orden que el Primer Triunvirato le dio al jefe del Ejército del Norte -que Belgrano sólo iba a cumplir parcialmente- y que proponía la retirada hasta Córdoba, ya que se estimaba que en Jujuy no se podría resistir el avance de las tropas españolas lideradas por el brigadier Tristán, de unos 4.000 hombres.

