El crecimiento del uso de herramientas de inteligencia artificial generativa abrió un nuevo debate en torno a la privacidad. Millones de personas utilizan asistentes como ChatGPT, Gemini o Claude para realizar consultas laborales y académicas, pero también para hablar sobre cuestiones personales, económicas o de salud. Especialistas advierten que estas conversaciones no deben considerarse equivalentes a una comunicación confidencial, ya que la información introducida es procesada y puede almacenarse en los servidores de las compañías.
Los datos que ingresan los usuarios
Las políticas varían según cada plataforma, el tipo de cuenta y la configuración elegida. Algunos servicios permiten que las conversaciones sean utilizadas para mejorar o entrenar sus modelos, mientras ofrecen opciones para limitar ese tratamiento. Anthropic, por ejemplo, señala que utiliza conversaciones de consumidores para mejorar Claude cuando el usuario lo autoriza, además de determinadas situaciones vinculadas con revisiones de seguridad. Gemini dispone de chats temporales que, según Google, no se utilizan para entrenar sus modelos, aunque son conservados durante un período limitado por razones operativas y de seguridad.
El riesgo de compartir información sensible
La preocupación aumenta porque los usuarios pueden introducir voluntariamente datos personales, documentos, información laboral o detalles sobre terceras personas. En Argentina, el Ministerio Público Fiscal de la Nación aprobó recientemente lineamientos para el uso institucional de estas tecnologías y, de manera transitoria, prohibió ingresar datos sensibles en herramientas de IA de acceso público, una medida destinada a reducir los riesgos asociados al tratamiento de información reservada.
Frente a este escenario, las principales recomendaciones pasan por evitar compartir contraseñas, datos bancarios, documentación confidencial o información sensible identificable, además de revisar las opciones de privacidad y entrenamiento de cada servicio. La expansión de los asistentes de IA plantea así un desafío que excede su capacidad tecnológica: conocer qué ocurre con la información entregada a estas plataformas se vuelve cada vez más importante a medida que las conversaciones con ellas forman parte de la vida cotidiana.

