La diabetes es una enfermedad crónica que se produce cuando el organismo no genera suficiente insulina o no puede utilizarla adecuadamente, provocando niveles elevados de glucosa en la sangre. Entre las señales más frecuentes aparecen sed excesiva, necesidad de orinar con mayor frecuencia, cansancio, visión borrosa y pérdida de peso sin explicación. En la diabetes tipo 2 los síntomas pueden ser leves y desarrollarse durante años, por lo que muchas personas desconocen que tienen la enfermedad.
Otros signos que pueden aparecer incluyen aumento del hambre, hormigueo o entumecimiento en manos y pies y heridas que tardan en cicatrizar. La detección temprana es fundamental porque, cuando no está controlada, la diabetes puede afectar los vasos sanguíneos y los nervios y aumentar el riesgo de problemas cardíacos, accidentes cerebrovasculares, enfermedad renal, pérdida de visión y lesiones en los pies.
El tratamiento depende del tipo de diabetes y de las características de cada paciente. Las personas con diabetes tipo 1 necesitan insulina para vivir, mientras que en la diabetes tipo 2 el abordaje puede incluir cambios en la alimentación, actividad física regular y medicamentos orales o inyectables. Algunas personas con diabetes tipo 2 también pueden necesitar insulina para mantener los niveles de glucosa dentro de los objetivos establecidos por su equipo médico.
Ante la presencia de síntomas, el diagnóstico no debe realizarse únicamente por las señales físicas, sino mediante análisis de glucosa en sangre, como la glucemia en ayunas, la prueba de tolerancia oral a la glucosa o la hemoglobina glicosilada (HbA1c). La Organización Mundial de la Salud destaca que una alimentación saludable, la actividad física, el tratamiento indicado y los controles periódicos permiten reducir o retrasar muchas de las complicaciones asociadas a la enfermedad.

