El fentanilo, un opioide sintético hasta 100 veces más potente que la morfina, volvió al centro del debate sanitario tras conocerse un aumento en los casos de consumo indebido en el país. Aunque su uso médico está indicado para aliviar dolores intensos en pacientes con enfermedades graves como el cáncer, las autoridades advierten sobre los riesgos de adicción y muerte cuando se utiliza sin supervisión médica.
Aprobado en Estados Unidos en 1968, el fentanilo puede administrarse mediante inyecciones, parches o pastillas que se disuelven en la boca, pero siempre bajo prescripción profesional. Se usa principalmente para tratar el dolor irruptivo en pacientes oncológicos que ya reciben otros opioides. Sin embargo, el mal uso de esta sustancia puede provocar efectos adversos severos, como dificultad respiratoria, coma y fallecimientos.
En América del Norte, su uso no autorizado derivó en una crisis de salud pública que todavía no encuentra solución. En Argentina, las autoridades siguen con atención el incremento de casos relacionados con su venta ilegal y su circulación sin control. Especialistas advierten que su potencia lo convierte en una droga particularmente peligrosa, comparable en sus efectos a la heroína.
Además de la sedación extrema, quienes consumen fentanilo pueden experimentar euforia, confusión, náuseas y pérdida de conciencia. Por eso, profesionales de la salud insisten en que no debe suspenderse su uso cuando es necesario, pero sí reforzar los controles para evitar desvíos ilegales y reducir los riesgos de una epidemia similar a la que afecta a Canadá y Estados Unidos.

