Mientras el mundo católico espera la elección del nuevo pontífice, el futuro líder de la Iglesia deberá enfrentar una de las crisis más delicadas que atraviesa el Vaticano: su déficit económico. Según informes internos discutidos por los cardenales en Roma, el “rojo” en las cuentas de la Santa Sede se agravó en los últimos años, alcanzando los 87 millones de euros en 2024, una cifra que evidencia el desafío financiero que marcará la nueva etapa de la Iglesia.
Durante las congregaciones generales previas al cónclave, varios cardenales expresaron preocupación por la sostenibilidad de las finanzas vaticanas. En una de estas sesiones, el cardenal Reinhard Marx presentó un diagnóstico sombrío y subrayó la urgencia de mantener y profundizar las reformas económicas iniciadas por Francisco. Entre los temas discutidos se destacaron la situación de la banca vaticana, el manejo de inversiones y la reestructuración del sistema administrativo.
Las causas del déficit son múltiples: una fuerte caída en las donaciones, el peso del sistema previsional y los efectos de escándalos de corrupción como el que involucró al cardenal Angelo Becciu. Si bien Francisco avanzó con medidas para transparentar y ordenar las finanzas, como la creación de la Secretaría para la Economía y la reducción de salarios, las fuentes consultadas admiten que los resultados no fueron suficientes y que será necesario redoblar esfuerzos.
Pese al complejo escenario, el Consejo para la Economía aprobó en los últimos días el nuevo balance presentado por los organismos pontificios, luego de que el propio Francisco lo rechazara en diciembre por no incluir los recortes solicitados. La decisión se interpreta como un gesto de compromiso con el ajuste, aunque el verdadero rumbo económico dependerá del perfil del próximo papa y de su voluntad de continuar el camino de reformas iniciado por su antecesor.

